Mitos y Leyendas de San Antonio Huitepec
En los linderos de Llano de Moral, donde termina San Antonio
Huitepec y comienza San Juan Yuta, existe una formación rocosa que los antiguos
llaman la Peña de Hormiga. No es la más grande, ni la más imponente, pero los
que conocen la región saben que es la más peligrosa. Porque en ella habita algo
que no es de este mundo.
Cuentan los abuelos que hace muchos años, cuando aún no había
carreteras y las noches eran verdaderamente oscuras, un hombre salió a trabajar
su milpa.
La parcela quedaba lejos, muy lejos del pueblo, al otro lado
de la peña. Tanto que sabía que no podría regresar cada noche. Así que preparó
sus cosas: su coa, su sombrero, un costal de tortillas envueltas en un paño, y
se internó en el monte.
Trabajó tres días bajo el sol, desgajando la tierra,
sembrando la semilla que daría de comer a su familia. Pero el trabajo era más
del que había calculado. Al atardecer del tercer día, cuando las tortillas ya
escaseaban y el cansancio le pesaba en los huesos, tomó una decisión: se
quedaría una noche más. Terminaría al día siguiente, aunque tuviera que ayunar,
y luego regresaría a su casa.
Cenó lo poco que le quedaba: dos tortillas duras y un puñado
de sal. Luego se acostó en su petate, mirando las estrellas que comenzaban a
aparecer, y el sueño lo venció casi de inmediato.
No supo cuánto tiempo pasó. Sólo que de pronto, en esa
duermevela donde los sueños se confunden con la realidad, escuchó unos pasos
que se acercaban. Pasos de mujer, por la cadencia. Abrió los ojos y la vio: era
su esposa, con su vestido de diario, su rebozo, su sonrisa cansada.
—Hombre —dijo ella, y su voz sonó como siempre, ni más grave
ni más aguda—. Como no llegaste, pensé que no habías terminado. Te traje
tortillas para que cenes.
—Ya cené —respondió él, extrañado pero contento de verla—.
Pero qué bueno que viniste. Mañana termino y nos regresamos juntos.
Ella asintió y, sin más, se acostó a su lado. Comenzó a
acariciarlo, a susurrarle cosas al oído, a buscar su cuerpo con una urgencia
que no recordaba en ella. Y el hombre, a pesar del cansancio, sintió el deseo
crecer.
Pero algo lo detuvo.
Tal vez fue el olor. Un olor extraño, que no era el de su
mujer, que no era a limpio ni a hembra. Tal vez fue el silencio de la noche,
porque en ese momento los grillos dejaron de cantar y el viento se detuvo. O
tal vez fue esa intuición que los hombres del campo desarrollan, esa que les
dice cuándo un animal está cerca, cuándo va a llover, cuándo algo anda mal.
El hombre volteó.
Y vio los pies de la mujer que yacía a su lado.
No eran pies humanos. Eran patas de guajolote, grandes,
escamosas, con esas garras curvas que las aves usan para escarbar la tierra. Y
mientras las miraba, horrorizado, la pata derecha se movió, como si el ser que
las poseía supiera que había sido descubierto.
El grito del hombre partió la noche en dos.
De un salto estuvo de pie, buscando a tientas algo con qué
defenderse. Sus manos encontraron una leña, una de las que había usado para
avivar el fuego, y aún conservaba una brasa en la punta. Sin pensar, sin medir
las consecuencias, la levantó y golpeó a la cosa que tenía el rostro de su
esposa.
El ser emitió un sonido que no era humano, un graznido ronco
que parecía venir de muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Pero su boca, la
boca de ella, dijo con su voz:
—¿Qué te pasa? ¿Por qué me pegas?
Eso fue suficiente. El hombre soltó otro grito y echó a
correr. Corrió como nunca había corrido en su vida, tropezando con piedras,
arañándose con espinas, sin importarle la dirección, sólo alejarse, alejarse de
esa cosa que había tomado la forma de su mujer.
Detrás de él, durante un trecho que pareció eterno, escuchó
esos pasos. Pasos que no eran de pies humanos, que sonaban como garras contra
la tierra. Y una risa. Una risa baja, gutural, que prometía volver.
El hombre corrió hasta Loma de Miel, un rancho que quedaba a
horas de camino. Cuando llegó, el sol comenzaba a clarear. Estaba descalzo, su
ropa hecha jirones, y un olor a azufre lo envolvía por completo.
Los que lo encontraron dijeron que su mirada era la de un
hombre que ha visto lo que no debe verse. Que repetía una y otra vez "la
pata, la pata, la pata de guajolote", sin poder articular nada más
coherente.
Hubo que curarlo con humo. Humo de chile seco, para espantar
los malos espíritus; humo de copal, para purificar el aire; humo de hierbas,
para llamar al alma que había querido huir del cuerpo.
Pero algo había cambiado en sus ojos. Una sombra que antes
no estaba. cada noche, cuando su mujer se acostaba a su lado, él esperaba a que
ella se durmiera para, con mucho cuidado, muy despacio, echar un vistazo bajo
las cobijas. Sólo para asegurarse. Sólo por si acaso.
Porque los ancianos explican que en la Peña de Hormiga vive
un ídolo antiguo, una de esas deidades que existían antes de que los curas
llegaran con sus cruces y sus aguas benditas. Un ser que no es bueno ni malo,
simplemente es, y que tiene el poder de adoptar la forma de cualquier persona
querida: la esposa, el amante, el amiga.
Su única debilidad, su única marca, es esa pata de guajolote
que no puede ocultar. Pero hay que estar muy atento para verla, porque el ídolo
es astuto y siempre busca la penumbra, siempre se acuesta de manera que los
pies queden en la sombra.
Y si alguien, cegado por el deseo o el cariño, llega a tener
relaciones con esa criatura, dicen que nunca vuelve a ser el mismo. Que algo se
rompe dentro de su cabeza, algo que no tiene reparación. Que viven el resto de
sus días mirando a las personas como si no las reconocieran del todo, como si
siempre estuvieran buscando en ellas algo que no encuentran.
Hoy, los campesinos evitan pasar cerca de la Peña de Hormiga
cuando el sol comienza a caer. Y si tienen que hacerlo, rezando.
Pero en las noches de luna nueva, cuando la oscuridad es más
profunda, algunos aseguran ver una figura femenina que camina por los senderos
cercanos a la peña. Una mujer, que parece buscar a alguien. Si uno se acerca,
voltea y sonríe. Y si uno tiene la desgracia de mirarle los pies, verá que no
son pies, sino garras.
Entonces es mejor correr. Correr y no mirar atrás. Y rezar
para llegar al pueblo antes de que esa cosa, esa que tiene el rostro de quien
uno más quiere, decida que ya ha esperado suficiente.
Porque en esta tierra, las leyendas no son sólo cuentos para
asustar niños. Son advertencias. Y quien las olvida, termina formando parte de
ellas.
En Rio Panal hay un río que serpentea entre piedras
milenarias y la niebla al amanecer, ahí vivía una familia humilde con una única
hija. Era ella quien llevaba el peso de la casa: barría el polvo de los
rincones, torteaba antes del alba, acarreaba agua desde el río y atendía a sus
padres con la devoción de quien no conoce otro destino. La querían, sí, pero
también la necesitaban. Y quizás por eso nunca se preguntaron de dónde venían
las verduras frescas de temporada de lluvia (quelite, elote, ejote, punta de guía,
chayotillo, flor de calabaza, etc.) que aparecían cada día en la cocina,
incluso cuando la tierra estaba seca y las nubes se negaban a llorar.
Porque eso era lo extraño: en esa casa siempre había
quelites tiernos, hongos de temporada, calabacitas recién cortadas. Alimentos
que solo brotaban en tiempos de lluvia, pero que allí llegaban como por arte de
magia, en plena sequía, cuando los campos estaban yermos y las milpas no daban
ni para una mazorca.
Los padres callaron al principio. Aceptaron el milagro sin
hacer preguntas, como quien recibe una bendición y teme que las palabras la
espanten. Pero la curiosidad, ese gusano que nunca duerme, comenzó a roerles el
alma. ¿De dónde sacaba su hija esas verduras? ¿Acaso tenía un secreto? ¿Un
amante? ¿Algo peor?
Una mañana, fingieron ir a trabajar como de costumbre. Se
despidieron, caminaron hasta perderlos de vista, pero luego dieron la vuelta,
sigilosos, y se ocultaron detrás de la casa, entre la hierba. El sol trepaba
lento sobre las montañas. Pasaron horas. Ya comenzaban a dudar, a pensar que
era una tontería, cuando el aire cambió.
Primero fue un frío que no venía del viento. Luego, desde la
hondura del río, empezó a elevarse una neblina espesa, blanca como cal viva,
que trepó por la cañada engullendo árboles y piedras. Los padres contuvieron el
aliento. Y entonces lo vieron: un arcoíris enorme, más brillante que ninguno,
tendió su puente desde la neblina hasta la casa, atravesando el techo de tejas
como si la materia no fuera obstáculo.
Por ese puente de luz apareció un hombre. Se dirigió derecho
a la cocina, dejó un atado de verduras frescas sobre la mesa, y luego
desapareció, disolviéndose en la luz del arcoíris que lentamente se desvaneció,
llevándose la niebla consigo.
Los padres quedaron mudos, temblando entre la hierba. No
dijeron nada a su hija cuando ella salió a recibirlos al atardecer, con su
sonrisa de siempre. Pero esa noche no durmieron. Al amanecer, tomaron una
decisión: buscarían a un curandero.
El curandero escuchó el relato con los ojos cerrados,
moviendo la cabeza como quien oye una melodía conocida. Cuando terminaron,
abrió los ojos y habló:
—Vuestra hija no está encantada. Está elegida. Ha concebido
a los hijos del arcoíris. El hombre que visteis es el señor de los colores, el
que nace de la lluvia y el sol. Ella lo conoció yendo al río por agua, y él la
amó. De ese amor nacieron criaturas que no son de este mundo, y ella las
escondió donde nadie pudiera verlas: en una olla, bajo el techo de vuestra
casa.
Los padres se miraron, aterrorizados. ¿Una olla en el techo?
¿Con hijos dentro? Recordaron entonces que su hija subía a menudo al tapanco,
con cualquier excusa, y que siempre les había prohibido seguirla.
Regresaron a casa con el corazón latiendo como tambor de
fiesta y de duelo a la vez. La muchacha había ido al río por agua, como todas
las mañanas. La madre, sin pensarlo dos veces, buscó una escalera y subió al
techo. Allí, en el rincón más oscuro, detrás de una viga, encontró la olla. Una
olla de barro ordinaria, tapada con un paño.
Con manos temblorosas, la bajó. Destapó.
Lo que vio la hizo retroceder, ahogando un grito. La olla
estaba llena de criaturas: sapos, ranas, renacuajos que se retorcían,
culebrillas de agua, criaturas viscosas que brillaban con colores imposibles.
Todos se movían, respiraban, vivían.
La señora sintió asco. Sintió miedo. Sintió que algo profano
se había colado en su casa. Sin detenerse a pensar, vació la olla en el suelo.
Las criaturas cayeron sobre la tierra, retorciéndose, emitiendo pequeños
quejidos. Y luego, lentamente, comenzaron a arrastrarse hacia el río,
deslizándose entre las piedras, perdiéndose en la hondura.
Cuando la muchacha regresó con el cántaro de agua en la
cabeza, vio la olla vacía, vio la tierra húmeda donde sus hijos habían estado,
vio el rostro de su madre, mezcla de triunfo y terror. Y entonces lo supo todo.
Su cara cambió. Ya no era la hija dócil y servicial. Sus
ojos brillaron con una luz que no era de este mundo, y su voz, cuando habló,
tenía ecos de otros lugares, de otros tiempos.
—¿Qué has hecho, madre?
La señora intentó explicarse, balbuceó algo sobre lo
antinatural, sobre el pecado, sobre el miedo. Pero la muchacha no escuchaba.
Dejó caer el cántaro, que se rompió en mil pedazos, y el agua corrió hacia el
río como si ella misma la llamara.
—Me voy —dijo—. Y no volveré jamás.
Salió de la casa sin mirar atrás. Sus padres corrieron tras
ella, suplicando, llorando, pero sus pies parecían no tocar el suelo. Caminó
hasta la orilla de la hondura, hasta el mismo lugar donde el hombre del
arcoíris había surgido. El río estaba tranquilo, pero cuando ella llegó, el
agua comenzó a agitarse. La niebla empezó a elevarse otra vez, blanca, espesa,
devorando la luz.
Y en medio de la niebla, el arcoíris tendió su puente una
vez más. El hombre de luz apareció, tendió la mano, y ella la tomó. Juntos
caminaron, mientras la neblina los envolvía, mientras sus padres gritaban su
nombre en la orilla, mientras las criaturas del río saltaban para despedirlos.
Cuando la niebla se disipó, ya no había nadie.
Solo el río, cantando su canción eterna. Solo las piedras,
mudas testigos. Solo la casa vacía, que con el tiempo se llenó de polvo y
telarañas, y que nadie quiso habitar nunca más, porque los vecinos contaban que,
en las noches de lluvia, cuando el arcoíris besa la tierra, se escuchaban
voces. Voces de mujer, voces de niños, voces que llamaban desde la hondura,
esperando el día en que alguien las escuche de verdad.
Los ancianos dicen que los hijos del arcoíris aún viven en
el río Panal. Que a veces, cuando el sol y la lluvia se juntan, se les ve
saltar entre las piedras. Y cuentan que, si una muchacha va por agua al
atardecer y ve un arcoíris, debe regresar corriendo a su casa sin mirar atrás,
no sea que el señor de los colores la vea, la enamore, y la lleve a vivir para
siempre en ese lugar donde el tiempo no pasa y las verduras crecen todo el año.
Porque Río Panal guarda muchos secretos, y el más grande de
todos es que el amor, cuando se cruza con el señor del arcoíris, ya no tiene
vuelta atrás.
En un rincón de pueblo viejo, hay un lugar donde las rocas
crecen como árboles petrificados y el viento silba canciones antiguas entre los
barrancos, se alza una formación que los locales conocen como la Peña de Cura.
Pero no se deje engañar el nombre, porque este lugar no tiene nada de sagrado.
Antes de que cualquier bendición tocara sus piedras, la peña
era un lugar maldito. Un espacio estrecho entre dos enormes rocas que apenas
dejaba pasar, pero que durante el día permitía a los viajeros acortar el camino
sin tener que rodear toda la formación. Los más viejos contaban que usarlo
después del atardecer era buscarse la perdición, porque cuando el sol se
ocultaba, la peña se cerraba como una boca hambrienta, atrapando a los incautos
en su interior.
Pero lo que realmente atraía a los hombres, lo que
despertaba la codicia en sus corazones y nublaba su juicio, era lo que se
ocultaba en las profundidades. Sendas antiguas, invisibles para quien no
supiera buscarlas, se adentraban en el corazón de la peña hasta llegar a una
cámara secreta donde, según la tradición oral transmitida de generación en
generación, se acumulaban monedas de oro y plata de tiempos inmemoriales.
Muchos intentaron llegar hasta ellas. Hombres valientes,
hombres temerarios, hombres desesperados por la pobreza. Todos contaban la
misma historia: cuando estaban a punto de alcanzar las monedas, una barrera
invisible, como una pared de aire espeso, les impedía el paso. Y entonces, en
el silencio de la cueva, escuchaban una risa. Una risa que no era humana, que
parecía venir de todas partes y de ninguna, y que helaba la sangre en las
venas.
Algunos volvieron locos de ese viaje. Otros no volvieron
nunca.
La leyenda decía que el tesoro solo podía ser tomado a
cambio de un sacrificio. No de un animal, ni de una ofrenda cualquiera. El
precio era una vida humana. Una vida inocente, o al menos una vida que nadie
reclamara, entregada en el mismo lugar donde las monedas descansaban.
Pasaron los años, y la historia del tesoro maldito se
convirtió en una advertencia que las madres repetían a sus hijos para que no se
alejaran del pueblo. Hasta que un hombre de Infiernillo, decidió que él sería
el que burlaría a la muerte.
Nadie recuerda ya su nombre. Los ancianos, cuando hablan de
él, simplemente dicen "el mal hombre" y se persignan. Pero todos
conocen su historia.
Este hombre viajó a la ciudad. Allí buscó, durante días, a
alguien que nadie extrañara. Lo encontró en las afueras del mercado: un loco,
un pobre hombre que vagaba sin rumbo, hablando solo, comiendo de la basura. Un
ser humano que el mundo había olvidado.
El mal hombre se lo llevó con engaños. Lo subió a un carro,
lo ató, lo transportó hasta Huitepec, hasta la peña maldita. Y allí, en el
corazón de la piedra, cometió el sacrificio.
Cuentan los que saben de estas cosas que esa noche no hubo
luna, que los perros aullaron sin parar y que un viento helado bajó de las
montañas, un viento que olía a azufre y a sangre vieja. Al amanecer, el hombre
de Infiernillo salió de la peña con las manos llenas de monedas antiguas,
monedas que llevaban siglos sin ver la luz del sol.
Se volvió rico de la noche a la mañana. Compró tierras,
ganado, y algo que nadie en la región había tenido jamás: un autobús verde,
grande y ruidoso, el primer vehículo que haría el camino hasta la ciudad de
Oaxaca. La gente lo veía pasar y murmuraba, algunos con envidia, otros con
miedo. Porque los más viejos sabían que esa riqueza tenía un olor extraño, un
olor a muerte.
El hombre reía. Disfrutaba de su fortuna, de la admiración
de los tontos, de las mujeres que ahora lo miraban con otros ojos. Pero hay
deudas que no se pagan con oro.
Una madrugada, cuando el autobús verde regresaba de Oaxaca
lleno de pasajeros, el conductor, el mal hombre, gritó algo ininteligible y
tiró del volante sin razón aparente. El autobús volcó, se deslizó por la
pendiente, se estrelló contra las rocas.
La cifra de muertos nunca se supo con certeza. Demasiados,
eso es lo que recuerdan. Demasiadas almas que partieron esa noche.
Cuando encontraron al mal hombre entre los restos del
vehículo, estaba vivo. Ileso, incluso. Pero su mirada había cambiado. Ya no era
la mirada del hombre que había desafiado a la muerte, sino la de alguien que
había visto algo que ningún ser humano debería ver.
—Volvió —susurraba una y otra vez—. Volvió por su dinero. Y
se llevó intereses.
Los intereses, explicaron después los ancianos, eran las
almas de los muertos. El dinero maldito había reclamado lo que le pertenecía, y
había cobrado además una ganancia: las vidas de los inocentes que viajaban en
ese autobús.
Tiempo después de estos sucesos, los pobladores,
atemorizados por lo que ocurría, pidieron a un cura que bendijera el lugar. El
sacerdote accedió, y una mañana subió hasta la peña con su rosario y sus
oraciones. Mientras rociaba agua bendita sobre las piedras y recitaba los
salmos, algo extraordinario ocurrió: su silueta quedó grabada en la roca, como
un retrato hecho por manos divinas, o quizá por manos infernales, quién puede
saberlo.
Desde entonces, la peña ya no se cierra al anochecer. Los
viajeros pueden pasar incluso de noche sin temor a quedar atrapados. Pero
nadie, absolutamente nadie, se ha atrevido a buscar nuevamente el tesoro.
Porque en las noches de luna llena, cuando la luz baña la
silueta de la cura grabada en la piedra, algunos aseguran que la figura cobra
vida. Que el sacerdote de piedra mueve los labios como si aún estuviera
rezando. Y que, de las profundidades de la peña, muy lejano, casi
imperceptible, llega el eco de una risa. Una risa que no es humana, que espera
paciente el próximo incauto que quiera cambiar una vida por un puñado de
monedas viejas.
Porque el tesoro sigue allí. Y su dueño, sea quien sea, aún
no ha terminado de cobrar sus intereses.
En lo más profundo de San Antonio Huitepec, existe un lugar
que los pobladores llaman la Laguna Blanca. Dicen los que aún recuerdan que sus
aguas nunca se secaban, ni siquiera en aquellos años terribles cuando el sol
castigaba la tierra hasta volverla polvo. Pero pocos saben el precio que se
pagó por ese milagro.
La laguna descansaba en un rancho conocido como Cacique.
Allí el pasto crecía hasta medio metro, pastaban las reses más gordas de la
región. Pero el verdadero dueño de esas tierras eran de un hombre que desafió a
la muerte misma: Antonio el Viejo.
Cuentan los abuelos que Antonio ya peinaba canas cuando
sintió por primera vez el aliento frío de la vejes en la nuca. No tenía hijos,
su esposa envejecía a su lado, y las riquezas que había acumulado —centenares
de cabezas de ganado, tierras hasta donde alcanzaba la vista— de nada le
servirían cuando llegara su hora. Pero Antonio no era hombre de rendirse ante
nada, ni siquiera ante la muerte.
Una noche de luna nueva, cuando los perros aúllan sin razón
y el viento trae olores de otros mundos, Antonio buscó a un hechicero. Lo
encontró en una casa donde el humo del copal se enredaba con las sombras.
—Quiero más años —dijo el viejo, con la voz quebrada pero la
mirada firme—. Los que sean necesarios. Los que pueda pagar.
El hechicero lo miró largo rato, sus ojos brillando en la
oscuridad como carbones encendidos.
—Habrá que ir a Yuku Kasa —respondió al fin—. Allí donde las
vidas se encienden y se apagan como velas. Pero escucha bien, Antonio: lo que
se pide allí, se paga con algo que no sabes que tienes.
Antonio no preguntó más. Esa misma noche, él y su esposa
siguieron al hechicero por veredas que sólo los iniciados conocen. Caminaron
horas, o tal vez días, porque en esos parajes el tiempo se comporta de manera
extraña. Hasta que llegaron a una iglesia que no estaba hecha de piedras, sino
de penumbras y susurros.
En el interior, miles de velas ardían sin consumirse, cada
una con una llama que palpitaba como un corazón. El hechicero les explicó: cada
vela era una vida. Las más altas, recién encendidas, pertenecían a los niños.
Las que parpadeaban, a los ancianos. Y las que apenas sostenían una pequeña
flama, a los que estaban a punto de partir.
Antonio buscó entre las filas interminables hasta encontrar
dos velas conocidas: la suya, aún firme, pero con la llama inclinada como árbol
viejo; y la de su esposa, que ya apenas ardía, consumida casi hasta el final.
Entonces ocurrió.
Tal vez fue el miedo, tal vez la desesperación de los años,
pero Antonio tomó la decisión que marcaría su destino y el de todos los que
vinieran después. Cambió su vela por la de un joven que dormía en algún lugar
sin saber que le robaban el futuro. Y su esposa hizo lo mismo con otra.
Al salir de aquel lugar bendito, sintieron que la sangre les
bullía como en la juventud. Los años habían vuelto a sus cuerpos. Pero en algún
rincón del mundo, dos jóvenes amanecieron muertos sin explicación, con el
rostro convertido en el de ancianos que nunca llegaron a ser.
Antonio vivió décadas más. Su ganado creció tanto que se
decía que las reses llegaban hasta donde la vista podía percibir. Pero la
prosperidad trajo nuevos problemas: las sequías castigaban la región, y ni
siquiera el hombre que había vencido a la muerte podía hacer brotar agua de la
tierra reseca.
Una mañana, cuando la laguna del Cacique mostró el lodo de
su fondo por primera vez, Antonio tomó una decisión. Buscó a otro curandero,
uno cuyas artes eran aún más poderosas que las del primero.
—Necesito agua —dijo—. Agua que nunca se seque. La que haga
falta.
El curandero sonrió de una manera que heló la sangre de los
presentes.
—Hay agua en Infiernillo —susurró—. Pero esa agua tiene
dueño. Si la traemos aquí, el dueño vendrá con ella.
—Que venga —respondió Antonio, cegado por la ambición—.
Tendré agua para mis animales. Eso es lo que importa.
Esa noche, bajo un cielo sin estrellas, los hombres de
Antonio robaron el agua de Infiernillo. La trajeron en cántaros que no
derramaron ni una gota, siguiendo caminos que sólo los condenados conocen. Y
cuando llegaron a la mitad de la laguna seca, enterraron algo que hizo temblar
la tierra: un toro negro como la noche, un borrego del mismo color, un caballo
que parecía hecho de sombras, un gallo que nunca cantaría. Animales negros,
sacrificados para sellar un pacto que no debió hacerse.
Al amanecer, la laguna estaba llena. Agua cristalina,
profunda, eterna. Antonio celebró con sus peones, bebiendo y riendo mientras el
ganado se acercaba a beber.
Tiempo después, un hombre llegó desde Infiernillo con una
noticia que heló la sangre de todos: la laguna de su pueblo estaba seca.
Completamente seca. Y la serpiente que la cuidaba, una enorme culebra de
escamas brillantes que los ancianos decían era la dueña del agua, había
desaparecido.
Antonio el Viejo vivió aún muchos años, acumulando riquezas
que ya no podía disfrutar. Murió sin hijos, sin descendencia que heredara su
nombre, y fue enterrado en el templo de San Antonio Huitepec junto a su esposa,
templo que con su enorme fortuna ayudo a construir, como penitencia o escondite,
nadie lo sabe bien.
Muchos años después, cuando el rancho fue abandonado, los
hombres de Infiernillo regresaron. Dicen que en una noche robaron nuevamente el
agua, devolviéndola a su lugar de origen. Pero algo había cambiado: la
serpiente ya no estaba allí para cuidarla, y el agua que regresó traía consigo
un aura diferente.
Hoy, cuando alguien se acerca a la Laguna Blanca en el
atardecer, todavía puede escuchar, si el viento sopla en la dirección correcta,
un lamento que sube desde las profundidades. Un lamento que algunos dicen es de
Antonio, condenado a vagar eternamente entre dos aguas que nunca fueron suyas.
Y otros aseguran que es la serpiente, que aún espera paciente el día en que
pueda cobrar la deuda que ningún hombre ha pagado.
Porque en Huitepec, el agua se paga con sangre. Y las promesas,
son eternas.


Magnífica iniciativa por conservar -y transmitir- mediante la palabra escrita las bellas y fantásticas historias legadas por por nuestros antepasados, y que unidas a las costumbres y tradiciones dan identidad a nuestra comunidad; un pequeño consejo -no lo tomes a mal, o a manera de sorna-; trata de mejorar tu redacción, puesto que es un tanto exigua, y hace que la lectura sea abstrusa y abyecta.
ResponderEliminarMuy Interesantes las leyendas de mi Huite
ResponderEliminarFelicitaciones, excelente y admirable
ResponderEliminarHola buenos días tengo una duda, el pueblo de Santa María Huitepeque donde queda muchas gracias! Espero que me pueda responder y gran iniciativa.
ResponderEliminarPertenece al distrito de Zaachila, el nombre Santa María Huitepeque era el nombre del pueblo cuando se encontraba en las faldas del cerro del ferrocarril, ahora se llama San Antonio Huitepec,es un pueblo de lengua materna el mixteco, se encuentra en las coordenas; 16°56′0″ N, 97°9′0″ W , colinda con pueblos como; al norte con Santa María Peñoles; al noroeste con San Miguel Peras; al este con San Andrés el Alto; al sur con los municipios de San Juan Elotepec,San Felipe Zapotitlán y Sola de Vega; al oeste con San Miguel Piedras y al noroeste con San Juan Tamazola.
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