jueves, 12 de marzo de 2015


Mitos y Leyendas de San Antonio Huitepec






LLEGADA DE LA PIEDRA DE LA PILA
Donde se cuenta como llego la piedra en forma de pila (donde se depositaba  el agua bendita en el templo católico de donde pertenece)
Parte del mismo relato del incendio de la iglesia católica contada por el profesor Eugenio A. Velasco originario de Santa María Yolotepeque
Se cuenta que tres señores de Santa María Yolotepeque que estaban de fiesta en su pueblo después de visitar la ciudad de Oaxaca  los tres hermanos tenían hambre pero como no sabían dónde  conseguir algo que comer escucharon unos cohetes entonces se dirigieron hacia el sitio, a su llegada se dieron cuenta que se celebraba una fiesta  y se dirigieron hacia el mayordomo explicándole que eran viajeros que  eran de otra comunidad y que deseaban que les regalaran algo que comer pues no tenía ningún conocido en dicho lugar, entonces el mayordomo le respondió que “si sobraba algo después de que todo el pueblo participara”
Ante la negativa los visitantes decidieron continuar su viaje no sin antes provocar el incendio del templo pes aquellos eran nahuales o brujos, los habitantes de la comunidad se percataron  de lo que habían hecho los viajeros.
Cuando los de santa María Yolotepec tuvieron su fiesta acudieron algunos de los de santa María Huitepeque con la idea de vengarse de lo que sucedió a su templo logrando su objetivo se trajeron la piedra en forma de pila  y esta piedra aún se encuentra en la comunidad se cree que primero estuvo en el paraje denominado Cañada de Hierba” y después poco a poco la arribaron hacia la comunidad de Huitepec. Alrededor de los años 60, cuando los estudiantes de la escuela primaria Victoriano Gonzales estuvo, cerca del corredor del edificio escolar antiguo estaba un duraznal y junto a este árbol estaba colocada la piedra, porque ahí estaba un hidrante y la piedra que tiene forma de una pila de bautizo sirvió para que los alumnos de la escuela acudiéramos a lavarnos las manos.
Tiempo posterior se cambió la piedra hacia abajo donde estaba una gran casa de madera que servía como cocina comunal, cuando habían fiestas de mayordomía o alguna fiesta patria que la escuela organizaba. Ahí estuvo la piedra como recipiente para lavarse las manos los deportistas y otras personas.

Lo último que se sabe de dicha piedra es que estuvo en la casa de viga donde dormían los jefes de policía y los topiles, Estaba en el tapanco de una de las trojas donde se guardaba la mazorca comuna

                                           YUKU KASA LA MAYORDOMIA


Hace muchos tiempo, cuando la gente vivía en las faldas del cerro  cercano  a pueblo viejo (ñuu y+na´an), en una familia humilde ocurrió algo lamentable.
Esta familia había adquirido la responsabilidad de desempeñar el cargo de mayordomo y entonces  el hombre viajo a la costa (nd+v+) a traer sal y pescado seco para vender en la comunidad y lo que obtuviera de ganancia sirviera para  pagar los gastos  de las fiestas de mayordomía. Mientras él se encontraba de  viaje, ella, su esposa, se había quedado en el hogar, pero resulta que al poco tiempo de estar sola  comenzó a enfermar y murió en ausencia de su esposo. Cuando regreso su esposo quedo sumamente deprimido y preocupado  porque no sabía dónde había guardado su mujer el dinero  que habían reunido para la fiesta, con la compañía de un hombre de conocimiento (y+v+ tatna) acudieron a la “cueva de temascal “kava ñ+´+n cuya entrada se encuentra  justamente al otro lado del cerro de ferrocarril.
Acudieron  a este dicho lugar  y desde aquel  lugar viajaron para llegar hasta yuku kasa que distinta muchos kilómetros  hacia donde se oculta el sol y después de sortear en la entrada  de ese sitio bendito, dedicado, el infligido esposo  logro conversar  con su esposa que se encontraba en la otra vida. El conversó largamente con ella y le pidió que regresara  por que la extrañaba demasiado. Ella solamente contesto que era imposible porque llevaba otra vida.
Si lo  que el esposo le preguntaba dónde estaba el dinero que estaba ahorrando para la fiesta, ella fijo la fecha  y hora  en que regresaría  para señalar donde estaba el dinero y le pidió que preparara una escalera  puesta en el tapanco, al pie de  la escalera  pusiera una jícara de cacao y que no se espantara .el esposo con tal de volver ver  a su esposa en el día indicado ,estaba ansioso  porque llegaría la hora de la visita. Estaba atento  cuando diviso a su esposa  que iba acercándose  a la  casa donde Vivian; ella llevaba el mismo vestido que en vida solía llevar. Cruzo una loma , después una barranca  y cundo llego a casa se trasformó  en una enorme serpiente  como ella lo había indicado en su morada de yuku kasa  al llegar se metió en casa y probo con su hocico  el cacao puesto al pie de la escalera y se trepo al tapanco enseguida le mostro  donde había escondido el dinero hecho esto  se deslizo nuevamente hacia el suelo y probó nuevamente el cacao y regreso por el mismo camino por donde había venido hasta un lugar hasta tomar nuevamente  su forma humana  pero que solo pudo regresar  en forma de otro ser,  pues  pertenecer hacia yuku kasa su morada


IDOLOLa Pata de Guajolote

En los linderos de Llano de Moral, donde termina San Antonio Huitepec y comienza San Juan Yuta, existe una formación rocosa que los antiguos llaman la Peña de Hormiga. No es la más grande, ni la más imponente, pero los que conocen la región saben que es la más peligrosa. Porque en ella habita algo que no es de este mundo.

Cuentan los abuelos que hace muchos años, cuando aún no había carreteras y las noches eran verdaderamente oscuras, un hombre salió a trabajar su milpa.

La parcela quedaba lejos, muy lejos del pueblo, al otro lado de la peña. Tanto que sabía que no podría regresar cada noche. Así que preparó sus cosas: su coa, su sombrero, un costal de tortillas envueltas en un paño, y se internó en el monte.

Trabajó tres días bajo el sol, desgajando la tierra, sembrando la semilla que daría de comer a su familia. Pero el trabajo era más del que había calculado. Al atardecer del tercer día, cuando las tortillas ya escaseaban y el cansancio le pesaba en los huesos, tomó una decisión: se quedaría una noche más. Terminaría al día siguiente, aunque tuviera que ayunar, y luego regresaría a su casa.

Cenó lo poco que le quedaba: dos tortillas duras y un puñado de sal. Luego se acostó en su petate, mirando las estrellas que comenzaban a aparecer, y el sueño lo venció casi de inmediato.

No supo cuánto tiempo pasó. Sólo que de pronto, en esa duermevela donde los sueños se confunden con la realidad, escuchó unos pasos que se acercaban. Pasos de mujer, por la cadencia. Abrió los ojos y la vio: era su esposa, con su vestido de diario, su rebozo, su sonrisa cansada.

—Hombre —dijo ella, y su voz sonó como siempre, ni más grave ni más aguda—. Como no llegaste, pensé que no habías terminado. Te traje tortillas para que cenes.

—Ya cené —respondió él, extrañado pero contento de verla—. Pero qué bueno que viniste. Mañana termino y nos regresamos juntos.

Ella asintió y, sin más, se acostó a su lado. Comenzó a acariciarlo, a susurrarle cosas al oído, a buscar su cuerpo con una urgencia que no recordaba en ella. Y el hombre, a pesar del cansancio, sintió el deseo crecer.

Pero algo lo detuvo.

Tal vez fue el olor. Un olor extraño, que no era el de su mujer, que no era a limpio ni a hembra. Tal vez fue el silencio de la noche, porque en ese momento los grillos dejaron de cantar y el viento se detuvo. O tal vez fue esa intuición que los hombres del campo desarrollan, esa que les dice cuándo un animal está cerca, cuándo va a llover, cuándo algo anda mal.

El hombre volteó.

Y vio los pies de la mujer que yacía a su lado.

No eran pies humanos. Eran patas de guajolote, grandes, escamosas, con esas garras curvas que las aves usan para escarbar la tierra. Y mientras las miraba, horrorizado, la pata derecha se movió, como si el ser que las poseía supiera que había sido descubierto.

El grito del hombre partió la noche en dos.

De un salto estuvo de pie, buscando a tientas algo con qué defenderse. Sus manos encontraron una leña, una de las que había usado para avivar el fuego, y aún conservaba una brasa en la punta. Sin pensar, sin medir las consecuencias, la levantó y golpeó a la cosa que tenía el rostro de su esposa.

El ser emitió un sonido que no era humano, un graznido ronco que parecía venir de muy lejos y muy cerca al mismo tiempo. Pero su boca, la boca de ella, dijo con su voz:

—¿Qué te pasa? ¿Por qué me pegas?

Eso fue suficiente. El hombre soltó otro grito y echó a correr. Corrió como nunca había corrido en su vida, tropezando con piedras, arañándose con espinas, sin importarle la dirección, sólo alejarse, alejarse de esa cosa que había tomado la forma de su mujer.

Detrás de él, durante un trecho que pareció eterno, escuchó esos pasos. Pasos que no eran de pies humanos, que sonaban como garras contra la tierra. Y una risa. Una risa baja, gutural, que prometía volver.

El hombre corrió hasta Loma de Miel, un rancho que quedaba a horas de camino. Cuando llegó, el sol comenzaba a clarear. Estaba descalzo, su ropa hecha jirones, y un olor a azufre lo envolvía por completo.

Los que lo encontraron dijeron que su mirada era la de un hombre que ha visto lo que no debe verse. Que repetía una y otra vez "la pata, la pata, la pata de guajolote", sin poder articular nada más coherente.

Hubo que curarlo con humo. Humo de chile seco, para espantar los malos espíritus; humo de copal, para purificar el aire; humo de hierbas, para llamar al alma que había querido huir del cuerpo.

Pero algo había cambiado en sus ojos. Una sombra que antes no estaba. cada noche, cuando su mujer se acostaba a su lado, él esperaba a que ella se durmiera para, con mucho cuidado, muy despacio, echar un vistazo bajo las cobijas. Sólo para asegurarse. Sólo por si acaso.

Porque los ancianos explican que en la Peña de Hormiga vive un ídolo antiguo, una de esas deidades que existían antes de que los curas llegaran con sus cruces y sus aguas benditas. Un ser que no es bueno ni malo, simplemente es, y que tiene el poder de adoptar la forma de cualquier persona querida: la esposa, el amante, el amiga.

Su única debilidad, su única marca, es esa pata de guajolote que no puede ocultar. Pero hay que estar muy atento para verla, porque el ídolo es astuto y siempre busca la penumbra, siempre se acuesta de manera que los pies queden en la sombra.

Y si alguien, cegado por el deseo o el cariño, llega a tener relaciones con esa criatura, dicen que nunca vuelve a ser el mismo. Que algo se rompe dentro de su cabeza, algo que no tiene reparación. Que viven el resto de sus días mirando a las personas como si no las reconocieran del todo, como si siempre estuvieran buscando en ellas algo que no encuentran.

Hoy, los campesinos evitan pasar cerca de la Peña de Hormiga cuando el sol comienza a caer. Y si tienen que hacerlo, rezando.

Pero en las noches de luna nueva, cuando la oscuridad es más profunda, algunos aseguran ver una figura femenina que camina por los senderos cercanos a la peña. Una mujer, que parece buscar a alguien. Si uno se acerca, voltea y sonríe. Y si uno tiene la desgracia de mirarle los pies, verá que no son pies, sino garras.

Entonces es mejor correr. Correr y no mirar atrás. Y rezar para llegar al pueblo antes de que esa cosa, esa que tiene el rostro de quien uno más quiere, decida que ya ha esperado suficiente.

Porque en esta tierra, las leyendas no son sólo cuentos para asustar niños. Son advertencias. Y quien las olvida, termina formando parte de ellas.

Nota: se ha modificado el nombre de esta historia debido a un error de traducción de la lengua mixteca al español.









                                          


RÍO PANAL

En Rio Panal hay un río que serpentea entre piedras milenarias y la niebla al amanecer, ahí vivía una familia humilde con una única hija. Era ella quien llevaba el peso de la casa: barría el polvo de los rincones, torteaba antes del alba, acarreaba agua desde el río y atendía a sus padres con la devoción de quien no conoce otro destino. La querían, sí, pero también la necesitaban. Y quizás por eso nunca se preguntaron de dónde venían las verduras frescas de temporada de lluvia (quelite, elote, ejote, punta de guía, chayotillo, flor de calabaza, etc.) que aparecían cada día en la cocina, incluso cuando la tierra estaba seca y las nubes se negaban a llorar.

Porque eso era lo extraño: en esa casa siempre había quelites tiernos, hongos de temporada, calabacitas recién cortadas. Alimentos que solo brotaban en tiempos de lluvia, pero que allí llegaban como por arte de magia, en plena sequía, cuando los campos estaban yermos y las milpas no daban ni para una mazorca.

Los padres callaron al principio. Aceptaron el milagro sin hacer preguntas, como quien recibe una bendición y teme que las palabras la espanten. Pero la curiosidad, ese gusano que nunca duerme, comenzó a roerles el alma. ¿De dónde sacaba su hija esas verduras? ¿Acaso tenía un secreto? ¿Un amante? ¿Algo peor?

Una mañana, fingieron ir a trabajar como de costumbre. Se despidieron, caminaron hasta perderlos de vista, pero luego dieron la vuelta, sigilosos, y se ocultaron detrás de la casa, entre la hierba. El sol trepaba lento sobre las montañas. Pasaron horas. Ya comenzaban a dudar, a pensar que era una tontería, cuando el aire cambió.

Primero fue un frío que no venía del viento. Luego, desde la hondura del río, empezó a elevarse una neblina espesa, blanca como cal viva, que trepó por la cañada engullendo árboles y piedras. Los padres contuvieron el aliento. Y entonces lo vieron: un arcoíris enorme, más brillante que ninguno, tendió su puente desde la neblina hasta la casa, atravesando el techo de tejas como si la materia no fuera obstáculo.

Por ese puente de luz apareció un hombre. Se dirigió derecho a la cocina, dejó un atado de verduras frescas sobre la mesa, y luego desapareció, disolviéndose en la luz del arcoíris que lentamente se desvaneció, llevándose la niebla consigo.

Los padres quedaron mudos, temblando entre la hierba. No dijeron nada a su hija cuando ella salió a recibirlos al atardecer, con su sonrisa de siempre. Pero esa noche no durmieron. Al amanecer, tomaron una decisión: buscarían a un curandero.

El curandero escuchó el relato con los ojos cerrados, moviendo la cabeza como quien oye una melodía conocida. Cuando terminaron, abrió los ojos y habló:

—Vuestra hija no está encantada. Está elegida. Ha concebido a los hijos del arcoíris. El hombre que visteis es el señor de los colores, el que nace de la lluvia y el sol. Ella lo conoció yendo al río por agua, y él la amó. De ese amor nacieron criaturas que no son de este mundo, y ella las escondió donde nadie pudiera verlas: en una olla, bajo el techo de vuestra casa.

Los padres se miraron, aterrorizados. ¿Una olla en el techo? ¿Con hijos dentro? Recordaron entonces que su hija subía a menudo al tapanco, con cualquier excusa, y que siempre les había prohibido seguirla.

Regresaron a casa con el corazón latiendo como tambor de fiesta y de duelo a la vez. La muchacha había ido al río por agua, como todas las mañanas. La madre, sin pensarlo dos veces, buscó una escalera y subió al techo. Allí, en el rincón más oscuro, detrás de una viga, encontró la olla. Una olla de barro ordinaria, tapada con un paño.

Con manos temblorosas, la bajó. Destapó.

Lo que vio la hizo retroceder, ahogando un grito. La olla estaba llena de criaturas: sapos, ranas, renacuajos que se retorcían, culebrillas de agua, criaturas viscosas que brillaban con colores imposibles. Todos se movían, respiraban, vivían.

La señora sintió asco. Sintió miedo. Sintió que algo profano se había colado en su casa. Sin detenerse a pensar, vació la olla en el suelo. Las criaturas cayeron sobre la tierra, retorciéndose, emitiendo pequeños quejidos. Y luego, lentamente, comenzaron a arrastrarse hacia el río, deslizándose entre las piedras, perdiéndose en la hondura.

Cuando la muchacha regresó con el cántaro de agua en la cabeza, vio la olla vacía, vio la tierra húmeda donde sus hijos habían estado, vio el rostro de su madre, mezcla de triunfo y terror. Y entonces lo supo todo.

Su cara cambió. Ya no era la hija dócil y servicial. Sus ojos brillaron con una luz que no era de este mundo, y su voz, cuando habló, tenía ecos de otros lugares, de otros tiempos.

—¿Qué has hecho, madre?

La señora intentó explicarse, balbuceó algo sobre lo antinatural, sobre el pecado, sobre el miedo. Pero la muchacha no escuchaba. Dejó caer el cántaro, que se rompió en mil pedazos, y el agua corrió hacia el río como si ella misma la llamara.

—Me voy —dijo—. Y no volveré jamás.

Salió de la casa sin mirar atrás. Sus padres corrieron tras ella, suplicando, llorando, pero sus pies parecían no tocar el suelo. Caminó hasta la orilla de la hondura, hasta el mismo lugar donde el hombre del arcoíris había surgido. El río estaba tranquilo, pero cuando ella llegó, el agua comenzó a agitarse. La niebla empezó a elevarse otra vez, blanca, espesa, devorando la luz.

Y en medio de la niebla, el arcoíris tendió su puente una vez más. El hombre de luz apareció, tendió la mano, y ella la tomó. Juntos caminaron, mientras la neblina los envolvía, mientras sus padres gritaban su nombre en la orilla, mientras las criaturas del río saltaban para despedirlos.

Cuando la niebla se disipó, ya no había nadie.

Solo el río, cantando su canción eterna. Solo las piedras, mudas testigos. Solo la casa vacía, que con el tiempo se llenó de polvo y telarañas, y que nadie quiso habitar nunca más, porque los vecinos contaban que, en las noches de lluvia, cuando el arcoíris besa la tierra, se escuchaban voces. Voces de mujer, voces de niños, voces que llamaban desde la hondura, esperando el día en que alguien las escuche de verdad.

Los ancianos dicen que los hijos del arcoíris aún viven en el río Panal. Que a veces, cuando el sol y la lluvia se juntan, se les ve saltar entre las piedras. Y cuentan que, si una muchacha va por agua al atardecer y ve un arcoíris, debe regresar corriendo a su casa sin mirar atrás, no sea que el señor de los colores la vea, la enamore, y la lleve a vivir para siempre en ese lugar donde el tiempo no pasa y las verduras crecen todo el año.

Porque Río Panal guarda muchos secretos, y el más grande de todos es que el amor, cuando se cruza con el señor del arcoíris, ya no tiene vuelta atrás.












PEÑA DE CURA

En un rincón de pueblo viejo, hay un lugar donde las rocas crecen como árboles petrificados y el viento silba canciones antiguas entre los barrancos, se alza una formación que los locales conocen como la Peña de Cura. Pero no se deje engañar el nombre, porque este lugar no tiene nada de sagrado.

Antes de que cualquier bendición tocara sus piedras, la peña era un lugar maldito. Un espacio estrecho entre dos enormes rocas que apenas dejaba pasar, pero que durante el día permitía a los viajeros acortar el camino sin tener que rodear toda la formación. Los más viejos contaban que usarlo después del atardecer era buscarse la perdición, porque cuando el sol se ocultaba, la peña se cerraba como una boca hambrienta, atrapando a los incautos en su interior.

Pero lo que realmente atraía a los hombres, lo que despertaba la codicia en sus corazones y nublaba su juicio, era lo que se ocultaba en las profundidades. Sendas antiguas, invisibles para quien no supiera buscarlas, se adentraban en el corazón de la peña hasta llegar a una cámara secreta donde, según la tradición oral transmitida de generación en generación, se acumulaban monedas de oro y plata de tiempos inmemoriales.

Muchos intentaron llegar hasta ellas. Hombres valientes, hombres temerarios, hombres desesperados por la pobreza. Todos contaban la misma historia: cuando estaban a punto de alcanzar las monedas, una barrera invisible, como una pared de aire espeso, les impedía el paso. Y entonces, en el silencio de la cueva, escuchaban una risa. Una risa que no era humana, que parecía venir de todas partes y de ninguna, y que helaba la sangre en las venas.

Algunos volvieron locos de ese viaje. Otros no volvieron nunca.

La leyenda decía que el tesoro solo podía ser tomado a cambio de un sacrificio. No de un animal, ni de una ofrenda cualquiera. El precio era una vida humana. Una vida inocente, o al menos una vida que nadie reclamara, entregada en el mismo lugar donde las monedas descansaban.

Pasaron los años, y la historia del tesoro maldito se convirtió en una advertencia que las madres repetían a sus hijos para que no se alejaran del pueblo. Hasta que un hombre de Infiernillo, decidió que él sería el que burlaría a la muerte.

Nadie recuerda ya su nombre. Los ancianos, cuando hablan de él, simplemente dicen "el mal hombre" y se persignan. Pero todos conocen su historia.

Este hombre viajó a la ciudad. Allí buscó, durante días, a alguien que nadie extrañara. Lo encontró en las afueras del mercado: un loco, un pobre hombre que vagaba sin rumbo, hablando solo, comiendo de la basura. Un ser humano que el mundo había olvidado.

El mal hombre se lo llevó con engaños. Lo subió a un carro, lo ató, lo transportó hasta Huitepec, hasta la peña maldita. Y allí, en el corazón de la piedra, cometió el sacrificio.

Cuentan los que saben de estas cosas que esa noche no hubo luna, que los perros aullaron sin parar y que un viento helado bajó de las montañas, un viento que olía a azufre y a sangre vieja. Al amanecer, el hombre de Infiernillo salió de la peña con las manos llenas de monedas antiguas, monedas que llevaban siglos sin ver la luz del sol.

Se volvió rico de la noche a la mañana. Compró tierras, ganado, y algo que nadie en la región había tenido jamás: un autobús verde, grande y ruidoso, el primer vehículo que haría el camino hasta la ciudad de Oaxaca. La gente lo veía pasar y murmuraba, algunos con envidia, otros con miedo. Porque los más viejos sabían que esa riqueza tenía un olor extraño, un olor a muerte.

El hombre reía. Disfrutaba de su fortuna, de la admiración de los tontos, de las mujeres que ahora lo miraban con otros ojos. Pero hay deudas que no se pagan con oro.

Una madrugada, cuando el autobús verde regresaba de Oaxaca lleno de pasajeros, el conductor, el mal hombre, gritó algo ininteligible y tiró del volante sin razón aparente. El autobús volcó, se deslizó por la pendiente, se estrelló contra las rocas.

La cifra de muertos nunca se supo con certeza. Demasiados, eso es lo que recuerdan. Demasiadas almas que partieron esa noche.

Cuando encontraron al mal hombre entre los restos del vehículo, estaba vivo. Ileso, incluso. Pero su mirada había cambiado. Ya no era la mirada del hombre que había desafiado a la muerte, sino la de alguien que había visto algo que ningún ser humano debería ver.

—Volvió —susurraba una y otra vez—. Volvió por su dinero. Y se llevó intereses.

Los intereses, explicaron después los ancianos, eran las almas de los muertos. El dinero maldito había reclamado lo que le pertenecía, y había cobrado además una ganancia: las vidas de los inocentes que viajaban en ese autobús.

Tiempo después de estos sucesos, los pobladores, atemorizados por lo que ocurría, pidieron a un cura que bendijera el lugar. El sacerdote accedió, y una mañana subió hasta la peña con su rosario y sus oraciones. Mientras rociaba agua bendita sobre las piedras y recitaba los salmos, algo extraordinario ocurrió: su silueta quedó grabada en la roca, como un retrato hecho por manos divinas, o quizá por manos infernales, quién puede saberlo.

Desde entonces, la peña ya no se cierra al anochecer. Los viajeros pueden pasar incluso de noche sin temor a quedar atrapados. Pero nadie, absolutamente nadie, se ha atrevido a buscar nuevamente el tesoro.

Porque en las noches de luna llena, cuando la luz baña la silueta de la cura grabada en la piedra, algunos aseguran que la figura cobra vida. Que el sacerdote de piedra mueve los labios como si aún estuviera rezando. Y que, de las profundidades de la peña, muy lejano, casi imperceptible, llega el eco de una risa. Una risa que no es humana, que espera paciente el próximo incauto que quiera cambiar una vida por un puñado de monedas viejas.

Porque el tesoro sigue allí. Y su dueño, sea quien sea, aún no ha terminado de cobrar sus intereses.













 LA LAGUNA BLANCA

En lo más profundo de San Antonio Huitepec, existe un lugar que los pobladores llaman la Laguna Blanca. Dicen los que aún recuerdan que sus aguas nunca se secaban, ni siquiera en aquellos años terribles cuando el sol castigaba la tierra hasta volverla polvo. Pero pocos saben el precio que se pagó por ese milagro.

La laguna descansaba en un rancho conocido como Cacique. Allí el pasto crecía hasta medio metro, pastaban las reses más gordas de la región. Pero el verdadero dueño de esas tierras eran de un hombre que desafió a la muerte misma: Antonio el Viejo.

Cuentan los abuelos que Antonio ya peinaba canas cuando sintió por primera vez el aliento frío de la vejes en la nuca. No tenía hijos, su esposa envejecía a su lado, y las riquezas que había acumulado —centenares de cabezas de ganado, tierras hasta donde alcanzaba la vista— de nada le servirían cuando llegara su hora. Pero Antonio no era hombre de rendirse ante nada, ni siquiera ante la muerte.

Una noche de luna nueva, cuando los perros aúllan sin razón y el viento trae olores de otros mundos, Antonio buscó a un hechicero. Lo encontró en una casa donde el humo del copal se enredaba con las sombras.

—Quiero más años —dijo el viejo, con la voz quebrada pero la mirada firme—. Los que sean necesarios. Los que pueda pagar.

El hechicero lo miró largo rato, sus ojos brillando en la oscuridad como carbones encendidos.

—Habrá que ir a Yuku Kasa —respondió al fin—. Allí donde las vidas se encienden y se apagan como velas. Pero escucha bien, Antonio: lo que se pide allí, se paga con algo que no sabes que tienes.

Antonio no preguntó más. Esa misma noche, él y su esposa siguieron al hechicero por veredas que sólo los iniciados conocen. Caminaron horas, o tal vez días, porque en esos parajes el tiempo se comporta de manera extraña. Hasta que llegaron a una iglesia que no estaba hecha de piedras, sino de penumbras y susurros.

En el interior, miles de velas ardían sin consumirse, cada una con una llama que palpitaba como un corazón. El hechicero les explicó: cada vela era una vida. Las más altas, recién encendidas, pertenecían a los niños. Las que parpadeaban, a los ancianos. Y las que apenas sostenían una pequeña flama, a los que estaban a punto de partir.

Antonio buscó entre las filas interminables hasta encontrar dos velas conocidas: la suya, aún firme, pero con la llama inclinada como árbol viejo; y la de su esposa, que ya apenas ardía, consumida casi hasta el final.

Entonces ocurrió.

Tal vez fue el miedo, tal vez la desesperación de los años, pero Antonio tomó la decisión que marcaría su destino y el de todos los que vinieran después. Cambió su vela por la de un joven que dormía en algún lugar sin saber que le robaban el futuro. Y su esposa hizo lo mismo con otra.

Al salir de aquel lugar bendito, sintieron que la sangre les bullía como en la juventud. Los años habían vuelto a sus cuerpos. Pero en algún rincón del mundo, dos jóvenes amanecieron muertos sin explicación, con el rostro convertido en el de ancianos que nunca llegaron a ser.

Antonio vivió décadas más. Su ganado creció tanto que se decía que las reses llegaban hasta donde la vista podía percibir. Pero la prosperidad trajo nuevos problemas: las sequías castigaban la región, y ni siquiera el hombre que había vencido a la muerte podía hacer brotar agua de la tierra reseca.

Una mañana, cuando la laguna del Cacique mostró el lodo de su fondo por primera vez, Antonio tomó una decisión. Buscó a otro curandero, uno cuyas artes eran aún más poderosas que las del primero.

—Necesito agua —dijo—. Agua que nunca se seque. La que haga falta.

El curandero sonrió de una manera que heló la sangre de los presentes.

—Hay agua en Infiernillo —susurró—. Pero esa agua tiene dueño. Si la traemos aquí, el dueño vendrá con ella.

—Que venga —respondió Antonio, cegado por la ambición—. Tendré agua para mis animales. Eso es lo que importa.

Esa noche, bajo un cielo sin estrellas, los hombres de Antonio robaron el agua de Infiernillo. La trajeron en cántaros que no derramaron ni una gota, siguiendo caminos que sólo los condenados conocen. Y cuando llegaron a la mitad de la laguna seca, enterraron algo que hizo temblar la tierra: un toro negro como la noche, un borrego del mismo color, un caballo que parecía hecho de sombras, un gallo que nunca cantaría. Animales negros, sacrificados para sellar un pacto que no debió hacerse.

Al amanecer, la laguna estaba llena. Agua cristalina, profunda, eterna. Antonio celebró con sus peones, bebiendo y riendo mientras el ganado se acercaba a beber.

Tiempo después, un hombre llegó desde Infiernillo con una noticia que heló la sangre de todos: la laguna de su pueblo estaba seca. Completamente seca. Y la serpiente que la cuidaba, una enorme culebra de escamas brillantes que los ancianos decían era la dueña del agua, había desaparecido.

Antonio el Viejo vivió aún muchos años, acumulando riquezas que ya no podía disfrutar. Murió sin hijos, sin descendencia que heredara su nombre, y fue enterrado en el templo de San Antonio Huitepec junto a su esposa, templo que con su enorme fortuna ayudo a construir, como penitencia o escondite, nadie lo sabe bien.

Muchos años después, cuando el rancho fue abandonado, los hombres de Infiernillo regresaron. Dicen que en una noche robaron nuevamente el agua, devolviéndola a su lugar de origen. Pero algo había cambiado: la serpiente ya no estaba allí para cuidarla, y el agua que regresó traía consigo un aura diferente.

Hoy, cuando alguien se acerca a la Laguna Blanca en el atardecer, todavía puede escuchar, si el viento sopla en la dirección correcta, un lamento que sube desde las profundidades. Un lamento que algunos dicen es de Antonio, condenado a vagar eternamente entre dos aguas que nunca fueron suyas. Y otros aseguran que es la serpiente, que aún espera paciente el día en que pueda cobrar la deuda que ningún hombre ha pagado.

Porque en Huitepec, el agua se paga con sangre. Y las promesas, son eternas.


La leyenda de los matlazihual

Cuentan los viejos que los matlazihual son personas que en las noches se reúnen en determinado lugar solo conocido por ellos para quitarse la cabeza, que les brota fuego y así salen a realizar sus rondas y bailes en los caminos, los abuelos cuentan que esos seres por las noches rondaban en los poblados y robaban a los bebés de los brazos de sus madres mientras estas dormían y ellos los utilizaban en sus juegos hasta que estos murieran  y los regresan silenciosamente a los brazos de sus progenitores que al despertarse encuentran a sus bebés muertos y con sangre en la boca.
Se cuenta que hace mucho tiempo una señora se casa con un hombre, la vida les parecía ir muy bien con la única extrañeza de que la señora era la ultima  en ir a dormir poniendo en pretexto de que un tenia que poner el nixtamal, así que su esposo cansado de los trabajos del campo luego de espera un rato a su señora se iba a descansar para luego quedarse profundamente dormido, así fue pasando el tiempo el señor poco a poco empezó a darse cuenta de que algo iba mal ya que cada vez que el despertaba cerca del amanecer se daba cuenta que el cuerpo de la señora estaba demasiado frio como si apenas huera regresado de algún lugar, en la mañana la señora no quería levantarse por el sueño que le impedía abrir los ojos a si que cuando el esposo regresaba de la leña aun la encontraba dormida, este extraño comportamiento de la señora le hizo levantar sospechas de que era posible que ella tuviera un amante y por eso salía cada noche, una noche el señor después de la cena se fue a descansar mientras la señora apenas ponía el nixtamal, después que este estuviera listo se acerco a la cama para averiguar si su esposo estaba profundamente dormido al poner sus dedos cerca de la nariz de este y preguntarle si ya estaba dormido que se acomodara bien porque ella también iba a descansar, al no obtener ninguna respuesta la señora salió de la casa, mientras que su esposo que se hacia el dormido espero un momento para salir detrás de ella y descubrir quien era su amante, pero grande fue su sorpresa cuando al salir no había ni un rastro de que camino había tomado su mujer  que decidió regresar a la casa y dormir pero con ese pensamiento de que tenia que descubrir el secreto de su señora, unos días después si contarle a nadie fue buscar un curandero en busca de un consulta sobre el extraño comportamiento de su señora, a lo cual este le dijo que el tenia que verlo con sus propios ojos y le indico lo que debía de hacer así en la noche cuando la señora hizo las mismas cosas antes de salir de casa y creyendo que su esposo estaba dormido salió nuevamente pero esta vez sin que la señora lo sospecha su esposo la seguía de cerca hasta llegar a un lugar casi oculto en el monte donde ya estaban reunidas varias personas al llegar escucho claramente mientras un hombre pasaba la lista y menciono el nombre de su esposa a lo que ella respondió que ya estaba hay, al termino el pregunto si a nadie lo habían seguido porque el percibía el olor de un hombre diferente a ellos, todos respondieron que no, después de unos momentos empezaron a quitarse la cabeza y dejarlos en filas mientras que del cuello les brotaba una llama inicialmente pequeña y que iba creciendo hasta hacerse visible desde lejos, luego de jugar y bailar un rato todos salieron en direcciones diferentes, tras esperar un buen rato y reponiéndose del susto el esposo se acerco a las cabezas y busco a la de su esposa pensando en que hacer, tras pensarlo un buen rato decidió intercambiar de lugar la cabeza de su esposa con la de una anciana luego regreso a casa, al día siguiente  se levanto y observo que su señora tenia tapada la cobija de pies a cabeza y le dijo que debía de levantarse porque ella no tenia sueño por eso salía en la noche la señora respondió que le dolía la cabeza e iba a permanecer en la cama todo el día, sin discutir el señor salió a buscar un espejo y a la fuerza destapo la cara de su señora, que tenia la cabeza de la anciana y le dijo que se mirara en el espejo porque muy bonita se veía con esa cara, la señora al verse en el espejo murió en ese instante.

Se dice que aún en nuestros días existen personas con esa capacidad o maldición como se llame, muchas personas han visto el fuego de la cabeza de los matlazihual jugar en los caminos, en especial los aficionados a la caza; cuentan que las personas que tienen dos líneas muy bien trazadas en el cuello pueden ser uno de ellos.